
La trampa para atrapar una mosca es permitirle entrar, pero no salir. Como en este texto de Cortázar: Progreso y Retroceso, que debes revisar si quieres entender más de este texto.
Por la tarde al intentar salir del banco, sólo sentí el golpe en la cara y la rodilla. Me estrellé contra la puerta de cristal (que bonita palabra: "estrellarse" como si de repente uno puidera volverse el sol o la estrella polar). La gente del otro lado del cristal se sorprendió, no faltó quien riera. No me disculpe con la clásica sonrisa que me hubiera hecho sentir más idiota. Luego, mientras salía por la puerta, como debió haber sido desde un principio, pensé que la vida también tiene sus cristales.
Las trampas invisibles, intangibles, pero tan poderosas que nuestra mente suele fabricar para mantenernos bien peinados, impecables y casi virginales. Eso es fantasía, esas trampas no existen, sólo están en nuestra mente. Pero que va, me doy cuenta de que soy como una mosca en esta telaraña que teje el des(a)tino . Según una amiga que tiene poderes parasicológicos (es cierto, "yo nunca miento jovencito") estamos en una cárcel cósmica. Pienso que para mí lo que no nos permiten avanzar (si es que avanzar significa estar bien, no simplemente ir hacia adelante)tal vez sean esos cristales, llámese tercera dimensión, prejuicios, catastrofismos, desalientos, aunque lo más acertado sería llamarles miedos.
Una vida de miedos es una vida medio vivida. El salto hay que darlo en el vacío: lo que termina con la vida no es el golpe al caer (a veces uno vuela y no hay caída), sino el miedo a saltar. Para estar vivo hay que atreverse a ser. Así, pensando en eso, me fui por la calle, mientras me sobaba la frente. Todo debido al golpe estúpido que me había dado, bueno, que me había estado dando, desde hace tanto tantos años, y tanto tiempo, y tan necia, neciamente, neciamente, neciamente...
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