
La ciudad ha pasado a ser siniestra.
Caras que viajan en vagones con la boca cubierta. No se puede leer en esos rostros, se adivina una expresión temerosa, pero higiénica, enferma de miedo y limpieza. Horror a tocar las cosas. Una ciudad que se hunde, mientras el mar de vehículos lo inunda todo, hasta el garage de la casa.
El oído atento a cualquier carraspeo, un estornudo puede arrancar la angustia, la gente seguramente no sonrie. Se tapa la boca para no dejar escapar el último suspiro. Gritar y no saber como, simplemente dejándose llevar entre el rumor de catastrofes y atenta a la enfermedad, invisble y que se propaga por el aire, que se adhiere a los objetos, que se oculta en los desconocidos.
Mientras los inútiles mienten en la radio, los periódicos, la televisión, recomiendan calma. Ellos no la tienen, tampoco saben lo que sucede. Otros necesitan creerles, pero no saben como, tampoco para que, la realidad escupe en la cara.
Habrá que encerrarse, volverse un ermitaño mientras el peligro pase. Y la pesadilla asola la realidad y donde parece que no ocurre nada, hay un aire de mortandad. Si, seguimos vivos, se escucha tu respiración.
Pero, la muerte es contagiosa, la vida no.
1 comentarios:
qué padre escribes =)
Publicar un comentario en la entrada